Esbozos para un posible ensayo sobre Las Manos de Mamá de Nellie Campobello

En las siguientes líneas se presenta un esbozo para lo que podría ser un ensayo sobre Las Manos de Mamá de la escritora mexicana Nellie Campobello. El esbozo es incompleto y requiere de mayor trabajo por parte de la autora.

En primer lugar, el contenido de este posible ensayo.

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La obra plástica de Chidinma Nnoli

Aquí hay un resumen del trabajo de la pintora.

Estas son sus imágenes:

Una serie de ítems acerca de Las Manos de Mamá de Nellie Campobello

En las Manos de Mamá de Nellie Campobello hay:

  1. Una recreación del pasado para poder hablar acerca de la madre.
  2. Una recreación del pasado para poder reimaginar a la madre.
  3. Un salvajismo, en una época histórica y preilustrada en la que la madre de Nellie Campobello vivía, al que Nellie Campobello alude.
  4. Poca empatía de los hombres de aquella época hacia los animales, porque luchaban con el ambiente.
  5. Las historias de lo que vivió y lo que vio la madre como testigo de un mundo perdido.
  6. La historia subsidiaria de la revolución mexicana y los vericuetos que conlleva.
  7. La descripción de la madre como equivalente, no a una mujer virgen, sino a la naturaleza misma.
  8. Líneas enteras que se dedican al abuelo materno.
  9. El hecho de llamarle “Padre” al abuelo materno; al parecer.
  10. Alabanza de la naturaleza y desprecio por lo ya moderno por parte del abuelo.
  11. Un abuelo que ratifica y reivindica a su hija en su ser bárbaro. Naturaleza es libertad y el padre significa un apoyo del padre-abuelo a la generación naciente.
  12. Un desprecio por la obsecuencia y el conformismo social que campea en el entorno, que aprendió Nellie del abuelo.
  13. La descripción del amor entre la Madre de Nellie y su progenitor como algo que trasciende el ámbito de la moral. Lo amoroso es de naturaleza instintual, es salvaje y no puede domarse. “¿Tienen acaso culpa los cerros de ser altos y hermosos?, ¿y el agua en los arroyos de la sierra?, ¿y los árboles y las flores?” P. 177.
  14. Una idealización absoluta de la madre. La madre es el ser dador que da vida, que baila, que canta, que estimula y proyecta perfección.
  15. Una nostalgia por la madre y el deseo de hablarle y tenerla de frente.
  16. La presencia del hambre como algo permenante alrededor de lo cual se vertebra la adoración hacia la madre. La madre posee el arte de hacer olvidar a sus hijos las diferentes penurias. Troca hambre por baile, desdicha por pasión, el frío por amor y alegría.
  17. La idea de que la Mamá quedó sola, sin el Papá, y trabaja por los hijos con el compañero en el recuerdo.
  18. El hecho cierto de que la tierra cuidaba de Nellie y de sus hermanos, mientras la madre trabajaba.
  19. Uso de diversas metáforas para recordar a la madre.
  20. El sol con su presencia permanente.
  21. El modelo de feminidad que ofrece la madre.
  22. Un sentimiento terrible por la pérdida de la madre, que significa desconsuelo.
  23. Desdicha, desazón, soledad, desaliento, añoranza.
  24. La falda de la madre como una metáfora que simboliza protección.
  25. La madre echando novio y Rafel Galán, pretendiéndola.
  26. La madre, que cosía a máquina.
  27. El amor a la madre. La guerra, la revolución.
  28. Una crítica de la instrucción escolar.
  29. Una exaltación de lo instintual-dionisíaco al estilo nietzscheano.
  30. Rechazo hacia la iglesia.
  31. Juego y provocación.
  32. Desprecio por la ciudad, exaltación por el campo y permanente búsqueda de la libertad.

Los únicos que todavía creen en el mundo son los artistas—la duración de la obra de arte refleja el carácter verdadero del mundo. No pueden permitirse la alienación del mundo. El peligro es arrastrarlos a la descolocación, o sea desertizar los oasis. Por otra parte, el solo hecho del arte muestra que el hombre es lo único que ha quedado intacto. De no ser así, no tendríamos ningún arte, solamente kitsch.

Hannah Arendt, ¿Qué es Política?

Clair-obscur

Construyo mi realidad, cada minuto, cada segundo. Soy artífice de mis fantasías y artesana de mis desazones. Amanece, me pregunto qué sentido tendrá que yo siga respirando y hasta qué punto puede mi conciencia seguir soportando la carga de mis cavilaciones. Transcurre el día, la luz solar que desde temprano baña a las plantas de la sala me insta a pensar que tal vez hay un sentido en todo esto, que ya más bien me convendría adherirme a la creencia de un sentido metafísico y así renunciar a la penuria, a la soledad de saber cuánto accidente somos, cuán transitorios, efímeros, no trascendentes. Yo he renunciado a Dios hace muchísimo tiempo; quizá él haya renunciado a mí primero. Despersonalizarme es una palabrita que encontré en un libro que no he podido concluir (llevo casi dos años intentando leerle). El libro me ha parecido una repetición de otras historias –mil veces mejor contadas- que, en su momento, me infligieran de fuertes sacudidas. Hay dos, tres libros en mi vida que definen la esencia de lo que yo sería después, de mi carácter. Siempre estoy a la espera de otro gran libro, de otra gran historia, de un conjunto magno de palabras que vuelvan a arrobarme, a devolverme el hálito perdido. Quijotilla soy y siempre. Es en el pensamiento, en las palabras, en las ideas en donde siento. Pero decía que hallé esta palabra –la de despersonalizarse-, la de cesar de pensar en mí misma, la de no pensar más sobre mis propios pensamientos y entregarme a la actividad de pensar en los otros, en el afuera. Todo lo que distingue a mi especie es todo lo que odio de ella. Podría decirse que criaturas como yo están destinadas a perecer al no lograr la adaptación. Una definición de inteligencia –no sé por qué me pesa tanto- que recuerdo de mis clases de “Inteligencia artificial” dice: inteligencia es la capacidad de adaptarse al medio. Poseo la suficiente cordura para comprender que es uno quien va proyectando las líneas de su propio zigzaguear, pero también advierto que, en conjunto, se pierde la sincronía porque ya no es una voluntad –sino la unión de varias- intentando marcar el trazo, la nueva singladura, recorrido que a todos habrá de trastocar. Y si hasta hace poco me había confortado con aceptar la gradualidad con que las cosas pueden mejorar –me he reconocido pacifista-, al hacerlo, siempre estuve consciente del costo en vidas, en dolor ajeno, en sufrimiento que tal gradualidad acarrearía; mas me decía -dicotómica: o gradualidad y cambio u otros derroteros y nada. Porque la gradualidad implica pensamiento, pero otros derroteros –si se conciben desde la visceralidad y la estupidez- poco harán para precipitar el cambio. Pero mientras todo ocurre –aunque, en realidad, está ocurriendo ya (no quiero conjurar el cambio a un happy ending siempre a asirse, siempre en el horizonte, siempre como acicate)-, se pueden ganar muchas cosas y perderse otras. Y ¿qué nos garantiza que, al final, el saldo sea positivo y logremos nuestro propósito?, ¿qué nos lo garantiza si -como creo- evolucionar es retroceder?  

Si el dolor, la defección, la mentira, el ultrajar, el destruir es constitutivo de nuestra especie, ¿por qué nos afanamos en lo contrario?, ¿por qué vamos contra natura pretendiendo que con nuestro “pensamiento”, con nuestro “razonar” habremos de subvertir el fluir de nuestro carácter?, ¿y si mejor nos entregamos a la barbarie, a nuestra brutedad y –desaforados- terminamos de asestarnos el último golpe? Todo apunta a la destrucción, al cese. Si es con la razón, terminamos en la aridez, exangües, demasiado “correctos”. Si es con el corazón, devoramos otros o entregamos en sacrificio el nuestro. Y la unión de pensamiento y sentimiento, esa gran simbiosis del ser, ¿en quién existe?, ¿cómo dosificarla?

Tal vez en mí la saciedad llega pronto, tal vez la esperanza en mí es apenas una simiente que comienza a crecer, tal vez me falten convicciones, tal vez mudo de ideas como de calcetas, PERO, sí quiero decir que haría lo que fuera ahora, lo que sea, por ver sufrir a menos personas, por fotografiar más sonrisas con mi memoria, por ver desaparecer la amargura en varios ejemplares de mi especie, por abrazar a quien quiera que se sienta solo y decirle que eso no ha sido nunca cierto.

Diapasón somos de este gran mecanismo autodestructivo. Somos la causa de nuestro cese. Podríamos comenzar a reconstruirnos y no pensar más en que estamos predeterminados por algún destino siniestro o por la herencia o por la historia, sino que somos -cada uno- un yo incondicionado, contingente, susceptible -segundo a segundo- al remozamiento.  

No habrá modo de franquear la frontera que te separa de mí, pero debes saber que detrás de mi muralla estoy yo (anti-mantra).

Reflexionando en voz alta mis propias posiciones feministas

A raíz de la clase pasada, estuve reflexionando acerca del feminismo y del hecho que yo misma no sea feminista, así que, a continuación, comparto un poco de dichas cavilaciones:

Pienso que la razón principal para no serlo es porque no veo que el feminismo ofrezca alternativas reales para la opresión de las mujeres, por un lado, y, por el otro, porque creo que, en verdad, el feminismo ofrece vías de alienación que fortalecen la cultura patriarcal de la que tanto hablan. Aunque el patriarcal lo pongo entre comillas, ya que como he explicado me parece que este es un término impreciso.

Por otra parte, entiendo que el feminismo pegue más fuerte en lugares como Estados Unidos que en lugares como México. Esto se debe a dos hechos sencillos, materialmente nosotros estamos más oprimidos que ellos. Pero ideológicamente, los estadounidenses lo están más que nosotros. De esta manera, algo tan simple y racional como el feminismo, en los grupos conservadores les puede llegar a parecer algo extremadamente diabólico. Mientras que, a nosotros, los mexicanos, que conocemos la pobreza material y, por ende, conocemos más de cerca los medios de alienación, se nos haga algo tan light. Y tan poco radical. Exceptuando, claro, a las clases medias mexicanas, quienes suscriben el tema y combaten en él fervientemente.

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Disolución

Hoy, como tal vez nunca, me impele el deseo de la disolución. Disolverme en el mar y equipararme a la espuma de las olas. Disolverme en el viento hasta lograr fundirme con el polvo de la hojarasca. Disolverme para luego reintegrarme –en alguna forma- con alguna entidad ideal. Que se disuelvan mis manos, mi rostro, mi cabello, mis pies, mi voz. Disolverme como cuando se integran los colores en alguna mezcla de óleo que terminará por dar forma a algún cuadro de tema elegíaco. Disolverme, lenta, agónicamente, como para no tener que recordar más mi existencia corpórea. Disolverme y en mi disolución ser dueña y señora de mis pensamientos, de la conciencia de mi disolución. Disolverme y que la estela que quede a mi paso quede impregnada, sí, de mí, pero no un mí manifiesto y contundente; sino un mí, ligero, suave, apenas perceptible…

Disolverme, diluirme, desintegrarme, descomponerme, desensamblarme, desarticularme, dislocarme, desunirme, desincorporarme, disgregarme.

¿Qué puede llevarme a tal cavilación?

¿La ensoñación por la ubicuidad? Tal vez, pero sólo para observar sin ser vista.

¿La fe en un yo metafísico? No, fe no. Pero sí dilección por lo fantástico.

¿Un yo peregrino que se resiste a anclarse a una sola vida? De la reencarnación sólo encuentro posible el romanticismo que entraña.

¿El hastío por el hoy? Un poco en parte.

¿El deseo de permanecer? Pero no yo en el mundo, sino el mundo en mí.

¿La agudización de mi fase no maníaca?

La disolución como seña irrefutable de mi deseo de volar, de ansiar diluir aquello inasible abstracto que se me presenta como fenómeno impregnado de mi subjetivismo.

Pero, mejor, disolución sin finalidad, huérfana de teleología.