La Muñeca de Carmela Eulate

El texto de Carmela Eulate, La Muñeca, es un texto naturalista por los rasgos que presenta la novela, sin embargo, el canon feminista ha querido encasillarlo como un texto asimismo feminista, a pesar de que:

a) Rosario es una psicópata o una narcisista maligna y, por lo tanto, no cabe pensar en ella como una mujer emancipada y autónoma que piensa sus pensamientos o que piensa sobre sí misma.1

b) Rosario no es perversa porque su entorno social se lo imponga y no haya otro camino para ella, por el contrario, Rosario es perversa porque su condición social se lo permite. Ella no es producto de los roles asignados para su género, puesto que no es un humano descriteriado que carezca de voluntad, ni tampoco es un humano que carezca de múltiples opciones para elegir. Ella sí es producto de sus elecciones personalísimas y estas son intransferibles.

c) Rosario está frente a un hombre libre (un liberal) que la ama profundamente, por lo tanto, Rosario puede hacer y deshacer a voluntad a lado de este hombre. No cabe, por lo tanto, argüir que no le queda otro camino, puesto que, aun este camino, suponiendo que fuera impuesto, significa plena libertad para ella. No obstante, no es impuesto, puesto que, como la misma autora lo hace saber, “Rosario no vaciló” en aceptar a Lasaleta dado que era considerado “por las jóvenes casaderas" "el mejor partido de la ciudad”.

d) Por lo tanto, cada una de las acciones que la protagonista lleva a cabo, son acciones calculadas, producto de su libertad y, de hecho, una libertad disoluta. Una libertad sin límites que fue forjada a fuerza de que sus padres jamás supieron darle un no como respuesta, e hicieron de ella la desventurada mujer, por cuya educación es incapaz de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida porque siempre se halla insatisfecha. Es el caso típico de la niña mimada y, de hecho, sostengo que lo que quiere reflejar Carmela Eulate en su personaje es, precisamente, esta clase de tipo social. La que se arrastra inexorablemente a su pulsión erótica y tanática simultáneamente, a su voluntad.

El texto con el que concluye La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik es aleccionador a este respecto: “La libertad absoluta es horrible”.

Y, en realidad, cabría pensarla, más bien, como en una versión refinada de la perversa princesa que tan magníficamente pintara Valentine Penrose en su obra. Es una especie de “aristócrata” sádica y perversa que nunca ve saciadas sus pulsiones más básicas y quien no tiene reparos para destruir lo que está a su paso. Llámese hombre, mujer, niño o anciano.2

e) Es obvio y evidente que la autora escribió su texto en el marco de la novela naturalista y bajo el influjo de esta corriente literaria, como Miguel Ángel Náter lo hace saber en la introducción. De hecho, la autora sigue la novela psicologista y la novela sentimental en su esbozo y se inspira en el texto La Marquesita de Patrocinio de Biedma para llevarlo a cabo. Por ende, hacer una lectura feminista de este texto significa en mi opinión caer en la tendencia a ver lo que queremos ver, o ver lo que de antemano creemos, en todo lo que leemos, solo porque a nosotros interesa y favorece nuestra creencia y a lo cual Hegel denominó apriorismos en sus Lecciones sobre Filosofía de la Historia.3 Por lo tanto, pido que hagamos lecturas menos ideologizadas de nuestros textos, o, al menos, lecturas más diversas.4

NOTAS

[1] Léase, La Máscara de la cordura, el texto fundacional sobre psicopatía, de Hervey M. Cleckley, para entender cómo los psicópatas carecen de autoconciencia, carecen de profundidad psicológica y carecen de capacidad de abstracción. Cualidades a las que a pesar de sus deficiencias neurológicas los psicópatas pueden emular muy bien por su capacidad mimética.

El texto, por cierto, fue escrito en 1941, pero el fenómeno de la psicopatía existe desde muchísimo tiempo atrás. Por otro lado, la autora lo menciona en el texto y es tajante al respecto: “La joven no trataba tampoco de ocultar su frivolidad, su ignorancia o su egoísmo” (p. 92), o más adelante, “no leía más periódicos que los de moda, alguna que otra gacetilla, y aborrecía las conversaciones serias” (p. 112), asimismo, menciona explícitamente “su escaso espíritu de observación” (p. 113).

[2] Esto de aristócrata entre comillas no es gratuito si pensamos en el brillo que ha perdido el término en la actualidad y que, en realidad, nuestra época se ha obstinado en llamarle aristócrata a la plebe, solo porque tienen dinero, y plebe a la verdadera nobleza, solo porque no lo tiene. La famosa inversión de valores que tanto fue cultuvida y criticada en otras épocas. En fin, es necesario leer más poesía para ensanchar nuestros horizontes al respecto y superar este tipo de simplismos.

[3] Hegel se refería con apriorismos al hecho de interpretar subjetivamente la historia, dando por hecho aquello que buscaba demostrarse.

[4] Por supuesto, cabe pensar en el texto como literatura de mujeres. Pero eso, me parece, no lo convierte automáticamente en literatura feminista. Me parece que hay otros elementos que hacen falta para caracterizarlo así. En todo caso, lo que muestra el texto es lo emancipada que estaba Carmela Eulate para la época a tal punto que no tenía reparos en crear una heroína maligna sin temor a que la acusaran de misoginia o cualquier cosa del estilo. Probablemente, ella era feminista, pero me parece que su texto no lo era. Era, simple y sencillamente, un texto naturalista de la época.

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